domingo, 29 de marzo de 2009

Ave Fenix

E L A V E F E N I X













de Antonio García Montes
Madrid, 27 octubre 1.989



Entre el amasijo de castaños centenarios, coronados por dos nubes de algodón, surgía la fachada de una casa destartalada, aunque de regios muros y poderosa puerta de madera. A unos tres pasos del umbral se alzaba un cenotafio flanqueado por dos limoneros chinos y, a cuatro, un anciano que dormitaba sobre una mecedora a la sombra conjunta de estos dos árboles. Un golpe de aire zarandeó ramas, hojas y el aldabón de bronce de la puerta, dando así animación a este paisaje dormido. Sin embargo, la figura yerta no se inmutó hasta que una gruesa mujer, vestida de colores chillones y enjaezada con todo tipo de quincalla, salió afuera como una exhalación:
__¡Despierta! ...que pasas el día y la noche transpuesto.
Una vez lanzado el reproche, con velada beligerancia, Miranda quedó, por un instante, inmóvil e inexpresiva mientras contemplaba al señor. Luego se le trasmudó el gesto mágicamente y desapareció por la puerta dando un respingo. Él, igual que otras veces, cuando la gruesa sirvienta pasaba a la vera, levantó el rostro mostrando su nariz de pico de rapaz; también se ajustó, parsimonioso, las perennes gafas bifocales, a la vez que retenía en mente, como en una fotografía, la imagen de otra Miranda de rasgos apacibles y ojos marinos caprichosamente dañados por lenguas de sol. A pesar de las migajas de autoridad __incrustadas en los pliegues entorno a la boca__ que D. Miguel aún se empeñaba en resaltar, su mirada no portaba siquiera residuos de la arrogancia empleada en otro tiempo para ojear lo inusitado del universo, o cuando emprendía un nuevo rumbo, o una nueva aventura amorosa; ahora estaba presa bajo un entramado de cataratas y lágrimas. Tras una mueca de desaliento agachó la cabeza y procuró leer el papel que, momentos antes __entre trago y trago... entre sueño y sueño__ había manuscrito sobre el mausoleo. Pero una fuerza absurda le impedía enfrentarse al relato. Tan sólo acertó a presenciar pasivo, aunque después de múltiples intentos, cómo el folio se transformaba, mágicamente, sin proponérselo, en diferentes figuras de papel. Al fin quedó satisfecho con una pajarita, pero cuando se dispuso a soplarle entre las patas, para facilitar así su primer vuelo, una bocanada de viento la arrancó del mármol erigiéndola guía de una herradura de pájaros de azabache.
Al cabo de un tiempo, sumido en la más absurda soledad, D. Miguel, con cierta petulancia en el gesto, sostenido por la herencia de una impertérrita mueca de desafío, se fue irguiendo y, ayudado por un bastón de madera y mango de carey, intentó desplazarse hasta la balaustrada metálica que delimita la vieja residencia. Desde allí, a gritos, pretendió soliviantar lo que él creía ocultarse descaradamente ante su presencia y que le despertaba, no ya el miedo irracional del presunto asaltado, sino, más bien, la preocupación tácita por algún delito, aunque fuese de poca monta. ¡Corrían rumores endemoniados ...que a ciertos oasis incrustados en tierra baldía, como diamantes sobre burdo metal, había que extirparlos y montarlos de nuevo sobre tierra fértil! Pero eran tantas las elucubraciones que se amasaban en su cerebro al morir la tarde... y tantos abismos los que se abrían entre una y otra, que necesitaba aferrarse a una quimera... a un clavo candente. Y, mientras tanto, las copas de los álamos, presas en el azul, se cimbreaban al son del trinar de las golondrinas que, de cuando en cuando, acudían atropelladamente para ejecutar la pirueta más difícil y luego diluirse en el cielo sólo con el somero reconocimiento de la criada, siempre embelesada.
Viendo disiparse los últimos pensamientos y sin esperanza de atraparlos jamás, D. Miguel quiso gimotear, pero la estampa de aire renacentista que el frente le brindaba hizo que la pena se transformase en júbilo y que la gorda sirvienta, con ojos de imagen, asomada a uno de los paneles de la ventana bigeminada, le recordase a las vírgenes de DA VINCI, postradas a la espera inminente de la visita del arcángel anunciador. Entonces, ebrio, con el éxtasis que todo aquello le procuraba, se abalanzó hacia el mausoleo para asirse al borde y recitar un brindis mostrando la copa con lágrimas en los ojos:
__¡Juro por todos los demonios que no tardará el día en que te haga mi esposa!
Y tras un estudiado TEMPO, la copa alzada, acometió de nuevo empleando un ligero tono de conmiseración:
__¡...Miranda, criatura! ¿es que la pereza no permite interés por algo más que un alféizar, una silla, un quicio, una cama... o el borde de cualquier elemento, con tal que recuerde a un asiento? ¿Ni tan siquiera te percatas de la belleza que nos brinda el universo? ¿No te das cuenta, pobre diablo, que a todo esto lo llaman caprichos de la naturaleza y que sólo los elegidos sabemos degustar?
Las últimas palabras las pronunció con afectación infantil, pero la obesa y sudorosa Miranda, haciendo caso omiso, frunció los labios para después ir sacando la lengua muy lentamente. Él, en cambio, exageró el efecto causado y, tambaleante, como niño aturdido por el llanto, fue a acodarse sobre la baranda; justo en la esquina donde se divisa, entre ramas, el sendero por el cual los aldeanos pasean en las horas plomizas del atardecer... cuando se congela la luz y la naturaleza, alineada contra el horizonte, pierde volumen. A esta hora los sonidos adquieren también resonancias equívocas: los pasos , diluidos en el polvo, se deslizan entre el follaje como serpientes ávidas, los cuchicheos se descomponen en notas de gregoriano y el trinar de pájaros más bien parece el lamento de ánimas errantes.
De repente, entre las ramas, brotaron las figuras esbeltas de dos adolescentes que corrían alocados y riendo. Al más aceitunado de ellos le descubrió D. Miguel esa innata zalamería, no exenta de un amaneramiento ostentoso y tenso a la vez, que algunos chavales derrochan a diestro y siniestro... igual que esos reptiles que, al mínimo estímulo __aunque tan sutil como el del insecto__, segregan veneno para matar a un elefante. Sin embargo, el compañero era de otra pasta, más sofisticado, más exótico, más rubio..., pero como las llamativas flores suscitan la avidez en las abejas, él también provoca un irrefrenable instinto sádico. Al pasar junto a D. Miguel se detuvieron un momento, simulando escuchar el solemne saludo con el que siempre los agasajaba; mientras el uno sostenía la sonrisa presa y roja y su antagónico un mohín calculado y frío.
__¡Adiós, caballeros! __les gritó__ ...que los dioses les procuren una tarde excelente.
Tras el ceremonial la pareja espurreó la risa y, chozpantes, reemprendieron el paseo camino arriba; el rubio, pesado, como si forzara los movimientos ya de por sí ásperos; el moreno, en cambio, parecía volar... compuesto de un gas más ligero que el aire. Cuando llegaron a un montículo, del cual se divisa todo el oasis y buena parte del estéril contorno, extendieron sendos pañuelos blancos, dispuestos a charlar libremente sobre cualquier cosa, mientras recíprocamente presumían de su varonil manera de fumar y de la destreza al lanzar las colillas como si fuesen dardos. También eran conscientes, y de ahí su lascivo regodeo, de que su paso cada tarde por la abadía, provocaba en los solitarios habitantes un desconcierto, un miedo... posiblemente una avidez... Porque a su vuelta, entrada la noche, el señor le había increpado en más de una ocasión con alguna aparatosa cólera sospechosamente ficticia..., sin otro fin confesable que la invitación a un cigarro; mientras ella __aparentemente sumergida en baños de lodo, reposos a cada hora y aquel ensimismamiento con las musarañas__ reptaba vigilante, tras las ramas..., como la leona que espera, ante una manada de ñúes, a que alguno se despegue del grupo. Pero allí en la cumbre, a pesar de las múltiples fantasías respecto a la curiosidad de los viejos chochos, por suerte nadie podía verles ni escucharles; los interesados tendrían que conformarse asediando al eco cuando la brisa les fuera propicia y, luego, con cuatro datos azarosos, inventar algún cuento para degustar en silencio.
De súbito y cuando estaban más embelesados __Miranda, el rostro estremecido, contemplando desde la ventana de la alcoba cómo el horizonte se tornaba más incierto a cada instante; D. Miguel, recostado en la mecedora, atento a cómo al armónico agonizar diurno se le iba sumando el civilizado trasiego de los animales de la aldea vecina en busca de cobijo para pasar la noche al fresco__ comenzó a correr un viento desapacible y con tal intensidad, que provocaba un extraño crepitar entre las hojas. Acto seguido, los animales empezaron a moverse enloquecidos, quizá fustigados por el mismo diablo.
Ella bajó la escalera, aterrada, a implorar ante el mausoleo; pero, sorprendentemente, desde allí todo parecía quieto. Hasta D. Miguel contemplaba el entorno con absoluta calma. No obstante, y desafiando al miedo, echó otra ojeada alrededor para cerciorarse de la repentina normalidad antes de volver de nuevo a la ventana. Entonces vislumbró cómo un hálito fluorescente festoneaba los contornos de la casa: parecía suspendida en el espacio a expensas de ser remontada por una bocanada de aire. Quiso gritar, pero, como en las pesadillas, el aliento se le adhirió a los labios; tampoco pudo erguirse y llamar así la atención del otro, ni suplicarle permiso para emprender la huida antes que fuese demasiado tarde; sintió cómo se desplomaba sobre el mausoleo, a tiempo de ser arrollada por la desbandada de un grupo de animales domésticos.
A D. Miguel, al otro extremo del rellano, le acometió un absceso tan fuerte de tos, entre calada y calada al cigarro habano, que necesitó atajarlo con un gran trago de ginebra; después respiró hondo. Recuperado, advirtió con sorpresa cómo un banco de niebla gravitaba sobre los árboles de alrededor, igual que jirones de tul dispuestos para cubrir el bosque. Pero no se alarmó. Como si intuyera una presencia, ladeó el cuello para contemplar el cono de luz que fluía del farolillo colgado en la entrada y que arropaba a Miranda, dormida junto al cenotafio. Por tanto no pudo ver a la pareja de muchachos que, sin mirar atrás, se alejaba corriendo; ni cómo un remolino de polvo y papelajos perseguía a estos pisándoles los talones. Sin embargo, la sirvienta, que no prestaba atención al amo, sí pudo admirar con qué destreza el moreno desprendía de la espalda de su amigo una pajarita de papel medio quemada ...o, tal vez, derruida por el tiempo. ...Y mientras tanto el viejo, de nuevo al frente, dormitaba fraguando historias en un estado de irrefutable vigilia y ajeno a la bóveda incandescente que las llamas construían sobre su cabeza... y a los gatos enloquecidos, lanzando maullidos demoníacos, que se precipitaban al abismo rojo como saquitos de arena desde un globo aerostático que perdiera altura.



Parece insólito que, en tiempo inmemorial y sobre tierra tan estéril, se formase un vergel repleto de sauces, álamos, castaños, hayas, nogales, chopos... hasta de los más variopintos frutales. En la memoria de los aldeanos de estos contornos no existe dato alguno de cuándo y cómo brotó este generoso manantial de agua cenagosa: volcán de lava fría y rica en fertilizantes. Sólo se barajan bosquejos de añejas cavilaciones: la aparición de la Virgen sobre una roca, provocando un venero de agua medicinal bajo sus pies desnudos; quizá el tino de un rayo milagroso que, al clavarse entre las rocas del jardín de una vieja mansión __cuando ésta ardía, según rumores, como la tea__ provocara un surtidor de fango; o, tal vez, la ventolera de un solitario forastero perdido en la inmensidad baldía, a una hora cuando no viven sombras, y que al forjar hoyos, donde creía vislumbrar destellos, tan sólo encontró alivio para la fiebre en el fango que comenzaba a brotar sin mesura bajo sus pies doloridos.
Años más tarde la Iglesia quiso esclarecer el misterio, dando por sentado la consumación de un milagro, con la ofrenda a la Virgen de una ermita sobria, sin abalorios... En el crucero del interior de dicha ermita, toda de añil desvaído, estaban los tres únicos altares: el mayor __popularmente llamado el de la morenita: una virgen como el tizón aunque bien atalajada de encajes y sedas inmaculadas__ ubicado en el centro y protegido por un baldaquín de seda asalmonada; los otros dos, más sombríos, a cada lado. Ante el de la izquierda, o el del Cristo Muerto __una caja de caoba, ostentosamente labrada y bruñida, con un boquete en el lateral superior por donde se divisa el rostro lívido y ensangrentado de Nuestro Señor__, un tenebrario de plata era el adorno más valioso que lucía la ermita, junto con la corona de platino de la patrona. En el de la derecha, frente al féretro, se hallaba otra virgen más llorosa, enlutada y humilde, presta siempre a salir tras el hijo muerto; aquí y tras un primoroso biombo __donde se alterna, a cuadros de a cuarta, todo el Vía Crucis en relieve con celosías de entramados diversos__, se ocultaba una portezuela, medio destrozada, que iba a dar al claustro de la abadía.
Un lugar este silencioso, vacío... tan sólo animado con leves trinos, o con indiscretos, aunque armónicos, cuchicheos que, a ciertas horas, fluían por las ventanas de las celdas. También, al anochecer y antes de llamada a Completas, los frailes más jóvenes rotaban, custodiados por el prior, en derredor del naranjo que había en el centro del patio, como mero ejercicio para aplacar sus insaciables ganas de reír; pero, eso sí, con disciplina, decoro, recogimiento... sin apartar la vista de los dedos de los pies, que surgían del hábito al andar igual que pececillos en busca de esparcimiento.
La construcción externa de la abadía propiamente dicha era, más bien, de corte clásico __piedra gruesa y pajiza__ como esas estancias que se antojan confortables e ideales para la holgazanería, esos monumentos antiguos donde combina lo cristianamente austero con el lujo en el detalle. Algo, no sólo atractivo para el gentío que en principio la visitaba, sino también para los gatos, gallinas, perros y demás animales callejeros que acudían en plaga a refugiarse entre el frescor de los sótanos vacíos; pues en los pueblos de alrededor, cuando el sol de julio alcanza el cenit, no hay quien resista bajo su flujo achicharrador.
Y fue por estas circunstancias que el recién estrenado prior, al frente de aquella almáciga de jóvenes monjes y en una noche de luna llena, enloqueció sin remedio. Según confesó él después __con tono almibarado, el gesto blando y sereno como los San Antonios de las estampas__ mientras los bigardos celebraban ritos demoníacos los fue degollando, a pares, hasta exterminar al último novicio. Cuentan los más ancianos que, por un tiempo, toda la ciénaga se tornó granate; que, al ponerse el sol, parecía el infierno; y que, hasta pasadas dos primaveras, no florecieron azahares sin salpiconazos de sangre... Y, es más, al parecer algunos claveles blancos siguen brotando con máculas sospechosamente rojas.
Todo el lugar quedó abandonado y maldito, hasta que el terreno fue adquirido por un acaudalado indiano que transformó la abadía en lugar de reposo para ancianos solitarios, cultos y pobres. No obstante, esa remesa de artríticos __diluyéndose desde un principio con cada ráfaga de aromas amembrillados__ sólo servía para aplacarle al dueño los accesos periódicos de melancolía, con escuchas sumisas de arengas a bocajarro que él mismo impartía en los atardeceres anaranjados y quietos del veranillo de San Miguel; siempre empuñando una botella, del brebaje que fuese, con tal de emular al legendario capataz de las haciendas de caña de azúcar. Al final quedaron solos él y su mancillada criada... sin otras perspectivas que la ardua tarea de soportarse mutuamente, aunque con cierto regusto, también compartido, por lo meramente teatral.
Corre la leyenda que un día, una vez más, toda la finca amaneció negra como el suelo donde se consumen hornos de carbón de encina y que, milagrosamente, se fue arbolando a través de los años.

Bómbice

L A E X I G ü A E X I S T E N C I A
D E L B ó M B I C E








de Antonio García Montes
Madrid,21 diciembre l.989









El asfalto de la avenida que une la ciudad con el gran parque, en esta noche oscura y húmeda, parece un estera __trenzada con esparto de plata__ donde se posan, en hilera descendente, unos conos de polvo blanquecino. Bajo estas geometrías, que van difuminándose a medida que menguan en la lontananza, se guarecen a veces, aunque sólo un instante, como unas siluetas vivas..., sombras que flotan saltando de una a otra, tal vez con objeto de bañarse en la luz fluorescente que emana de ellas y así, inmaculadas, penetrar en la espesura del parque.
Al borde del alba, cuando una de las alocadas formas alcanzaba el último foco __a punto de haber completado el anhelado bautismo__, ocurrió un milagro; esta silueta, perdiéndose entre el capullo brillante que formaba la luz, comenzó a sufrir una extraña metamorfosis: unos trazos, surgidos de un pincel invisible, iban conformando los rasgos de una beldad. Y, es más, cuando estuvo concluida, ésta alzó el rostro ceremoniosamente; sus ojos glaucos e incrustrados en párpados abultados, como almendras en mazapán, perdieron brillo y se cerraron; el aliento, que tasamente afluía por entre sus labios carnosos y perfilados, se entretuvo acariciándole la dentadura perfecta; y también gozó del cosquilleo húmedo que el vaho le procuraba en las mejillas pálidas. Al abril de nuevo los ojos, un leve resplandor comenzaba a manchar la oscuridad; se presentían los árboles y, entre sus hojas amarillas y moribundas, un lago como de mercurio. Atraída por aquel espejo inmenso, apresuró el paso; su capa, ondulada y plomiza, comenzó a batir igual que alas gigantes de pajarraco; y un marabú violeta, hasta ahora oculto entre la ropa, también emprendió el vuelo, pero algo más cansado, desalentado..., parecido al humo denso de un cigarro de fantasía.
Cuando llegó a la orilla, sin siquiera mirarse en la superficie, terció la capa, junto con el marabú, sobre la baranda de hierro forjado, y se aferró a la balaustrada. Con los párpados medio entornados respiró profundamente, a la vez que atisbaba hacia las concavidades donde brota el piar tímido del amanecer; también aguzó el oído con esperanza de hallar significados prometedores a estos trinos. Al momento, una vez disipado el trance, con sigilo fue acercándose al embarcadero. Allí, en la postura de las sirenas al sol, comenzó a elegir, entre las mil barquichuelas, una bonita y cómoda que la botase aguas adentro. Pero, apenas enumerada la primera tanda, oyó la intensidad progresiva de unos pasos indefinidos. Alerta, se irguió con cierto ademán varonil al meterse las manos en los bolsillos del pantalón, quizá para enfrentarse con entereza a lo desconocido. Y esperó inmóvil, aún soportando la creciente algarabía del alba, hasta que la imagen de un joven musculoso comenzó a estallar de cara a la irisada luz del poniente. Éste, ignorando su presencia, siguió hacia la lancha, anclada en la punta del pantalán..., con la cabeza gacha y brazos de gorila. Ella, al sentir que la situación tomaba consistencia gelatinosa y temer que escapase de entre sus manos, no tuvo otra alternativa que instarle sin más:
__Al menos, podías saludar; a no ser que la presencia de una mujer, a horas intempestivas, te induzca a comportamientos mohínos.
Tras la reprimenda, con voz templada y amable, ella repuso el gesto: la mandíbula inferior tensa y levemente adelantada, fruncidos los labios y, a la vez, despojados de cualquier sensualidad... como dispuesta para lidiar toros bravos... cuando, llegado el caso, estos arremeten de forma equívoca. Sin embargo, el muchacho a penas remodeló el suyo; al frenar y quedar plantado a un palmo de tamaña altivez, tan sólo alcanzó a hostigar un ápice su indolencia..., pues la cuestión de honor en ella, para él sólo fue una anécdota dada la vuelta. Enajenado, aunque aprovechando el silencio que subraya siempre los momentos cumbre, brincó hacia la barra fija __dispuesta para cuando, provisionalmente y sólo en horas de sol plomizo, en verano se extienden los toldos__; tras una espectacular pirueta, se encajó perfectamente en el asiento... de tal forma que sin más movimientos pudo asirse a los remos correctamente. Sin embargo, su corazón se estremeció al observar cómo ella perdía la compostura sobre el bamboleante pantalán... Al tiempo, el agua dormida comenzaba a desperezarse, en oleadas, al compás del traqueteo de la barquichuela...; el entorno a ceder hasta los confines...; y, como si el MAESTRO levantase la batuta, todos los seres vivos a bullir jubilosos... ¡eran tantos y tan diversos los dardos estimulantes que trepanaban su cerebro!
Hasta que, de súbito, un chasquido acalló de nuevo al universo; con su precipitación al embarcar, a punto estuvo de arrojar al joven al agua..., a no ser porque los reflejos de éste, adiestrados con el deporte, actuaron sin tener en cuenta a su cerebro. Pero lo que no alcanzó fue a replegar sus sentimientos; con ellos a la intemperie asentía... a la vez que los dedos temblorosos y pálidos de la mujer, sentada irremediablemente enfrente, hurgaban la pelusa de sus mejillas.
__Me gustaría que tuvieses bigote __la señora hizo una pausa y un gesto displicente mientras apresaba, con una peina, los bucles volanderos que escapaban de su moño italiano__, pero, es mejor así; al fin y al cabo sólo llevan bigote... unos cuantos muy hombres y... los maricones de San Francisco... No obstante, ¡no sé cómo una mujer se puede acostumbrar a besar una boca en esas circunstancias...!
El muchacho enrojeció hasta las orejas. Ella, aparentemente ajena, apartó sus dedos de los labios de él y los introdujo en el agua helada, después, con ellos húmedos, le estampó en la frente el signo de la cruz. Como si aquella ceremonia fuese una señal, el muchacho echó manos a los remos, brindó un mohín de vana picardía a la señora __que no apartaba los ojos de sus labios palpitantes y tampoco los dedos de su pelo__ y tomó la salida. Ella, sin muestra alguna de extrañeza __tal vez un inapreciable enfriamiento en la mirada al apartar él, bruscamente, la frente por el impulso al remar__, giró la cara hacia el agua, con la mano rompió de nuevo la espejeada superficie y, aplicada en las filigranas que las uñas escarlata dibujaban, reemprendió lo que ya adquiría tono confidencial:
__...Una vez amé a un hombre con bigote..,. pero nunca le besé; aquellos labios, siempre ocultos tras el mostacho negro, me daban miedo... !era muy niña¡ Después, en el lecho de muerte, me reprochó que nunca lo había besado... ¿Quién sabe? tal vez esa carencia fue lo que le mantuvo fiel a mí.
Por un momento quedó callada, sorprendida de haber terminado aquella confidencia que tan sólo brotaba de sus labios en momentos de amor extremo. Y, es más, después se aterró al comprobar que sus manos seguían serenas: "Algo sucedía... ¿Por qué tal comportamiento? ¿Sufriría el influjo de lo sobrenatural?" De ser así, en el estado de euforia en que se hallaba, podía hasta cantar confidencias, aún más íntimas si cabe, sin inmutarse siquiera. Por suerte que unas apremiantes preguntas, aunque de índole distinta a las anteriores, vinieron del cielo a socorrerla: "¿por qué sólo se turba, palidece, construye muecas extravagantes e infantiles... y jamás pronuncia palabra alguna? ¿será sordomudo?" Al no encontrar respuesta, aun cuando recapitulaba sus elásticos ademanes, con las manos entrelazadas junto a la frente le preguntó a quemarropa:
__¿Si no te recordase a tu madre, te acostarías conmigo?
El muchacho, como respuesta alzó el rostro y dejó escapar una estruendosa carcajada. El cielo, hasta ahora denso y a colorines como gachas de macedonia, se quebró de parte a parte; por la grieta brotó un aire huracanado que fue aventando todo el contorno del lago; los añosos y rojizos árboles, esposados en cadena, parecían alazanes bailando en círculo una danza fúnebre, con sus penachos de plumas de oro viejo sobre las tozudas cabezas; y el agua, inerte, también comenzó a hervir y mostrar, por cada pompa, la boquita de un pez que quizá le faltara oxígeno. Aunque __no hay por qué ocultarlo__ existía una salvedad: por un ardid de la naturaleza, los gigantescos reyes de piedra, que asomaban tras las copas amarillas de los árboles, se mantuvieron tercos e inmóviles.
Tras varias marisquetas, la barquichuela quedó, ipso facto, anclada en el centro. Mientras, todo volvía a su ser: a la inquebrantable quietud de las pesadillas; como si el tiempo, detenido desde el comienzo, fuese un cangrejo asombrado que anduviera, si acaso, en remolino. La mujer, que mostraba el gesto interrogante por los extraños sucesos, al augurar que el muchacho podía decidirse por la palabra, compuso otro más huero... para no interferir el curso natural de un proceso que, dadas las circunstancias, parecía tan frágil como los prematuros capullos de un rosal en invierno. Pero, a la par, sospechó que pudiera él ¡tan zorro! estar percatándose de ello, ya que aún demoraba más la voz __chupándola como un caramelo__ y es más, ¡seguía desperdiciando demasiadas sonrisas! No obstante, el muchacho, cuando acabó de rumiar, dijo al fin:
__No me importa que hable conmigo como si yo fuera extranjero. Aunque naturalmente me molestaría que anduviese difundiendo por ahí falsos rumores y que, a la larga, estos llegasen a oídos de otros monitores.
Terminó exhausto, jadeante..., aún más que cuando remaba; tanto que ella temió por las venas palpitantes de sus sienes, cuello y brazos. Y fue por esto, y también por la ternura que le provocaba la torpeza de él, que ella se apresuró a tomar las riendas, no sin antes salpicarle la cara con agua:
__Creo, sinceramente, que estás siendo muy desconsiderado con quien sólo desea morir en paz y armonía __mientras hablaba fue endulzando el rostro, con prestancia, hasta endiosarlo__ ...De no ser así, tendrías alguna conmiseración, deferencia... __y comenzó a alzar la voz__ Yo que te escogí, pudiendo esperar a otro más competente, menos canalla... ¡Cobarde! ...y, encima, un mastodonte sin escrúpulos; incapaz de advertir los más elementales sentimientos en la mujer... ¡Dios bendito! Y, a pesar de ello, me he confiado a tí, que no desentonas ni siquiera en una zahurda. ¡Qué estúpida he sido! Pero me lo tengo bien merecido __quedó un instante con la vista perdida__ ...Si al menos albergaras la suficiente sensibilidad de discernir que, quien posee agallas para elegir el último trasporte que le alejará del mundo, también las tiene para enamorarse de su propio verdugo...
El muchacho, atónito, escudriñó en los ojos dementes de la mujer, luego, abandonando los remos, se replegó hacia proa. Allí, hecho un burujo en la tarima, le temblaban las rodillas de tal manera que no tuvo otro remedio que estrechárselas para no ver cómo saltaban, autónomas, por la borda. Sin embargo, a ella, esta situación le sirvió de reconstituyente para sus expectativas. Erguida, se atavió de valor y, a gatas, se fue aproximando..., mientras él, en la inopia y con la cara vuelta, observaba, algo más sereno, cómo una corona de peces afloraba entorno a la barca, igual que guirnalda de nenúfares... hasta que el balanceo, provocado por un movimiento brusco, le puso en alerta. Entonces, sacando fuerzas de flaqueza y estirando el brazo, exclamó:
__¡Atrás! No te muevas, porque soy capaz de... __la presión de un nudo en la garganta hizo que sus lágrimas brotasen, sin rumbo ni armonía, y que el aluvión de palabras, pasito a pasito desde sus entrañas, se diluyera con el afluir de una risa histérica. Pero no hay mal que por bien no venga, porque seguidamente le sobrevino un hipo que fue barriendo las impurezas de su cerebro, hasta dejarle un único y definitivo argumento: "el conjunto de estos acontecimientos es el equivalente a cuando eliges el ternero mejor para una ceremonia y, maliciosamente, el carnicero va y te vende el más podrido; pero, si al fin decides tirarlo, un experto aduce que el bicho más exquisito es el hediondo".
La mujer, tras el último fracaso __al pretender urdir contra el muchacho, aunque fuesen planes utópicos, y como respuesta encontrar en derredor una quietud tan exasperante como la que del cielo proclaman, ufanos, los creyentes__, optó por la desidia más patológica. Pero no quedó del todo satisfecha ya que, y a consecuencia de ello, en su cerebro comenzaron a indisponerse hasta los pensamientos más triviales. También pudo descubrir que todo lo que emanaba del joven tenía algo de falso y sublime a la vez..., algo de perverso: alternativamente le acudían unas irrefrenables ganas de tomarlo en brazos y, al momento siguiente ¡un disparate!: que, sin motivo, éste, sin piedad, le cruzara a ella la boca. Por todo, y porque independientemente su corazón la obligaba a tomar de inmediato una determinación, saltó al agua..., no sin antes brindar el gesto más cariñoso que pudo componer dadas las circunstancias. El, ajeno, ofreció un adiós implícito en una bonita sonrisa y, acto seguido, otro más intenso desde la borda. Luego se quedó inerte, contemplando cómo las algas se enredaban en el cabello de la señora __ahora esparcido__ y los peces la besaban el rostro apasionadamente. ¡Qué belleza! De súbito, algo le hirió la médula despertándole malos... o tal vez instintos equívocos; o quizá su afán irreprimible de perfeccionar la destreza lo motivó; porque, acto seguido, no pudo contener el acertar con el remo en la cabeza de la ahogada.
Nunca supo cuánto tardó el cuerpo en desaparecer y cuánto él en encontrarlo después en el fondo; ya sin vida, embadurnado en lodo y plagado de lombrices rojas. Pero lo único que sí advirtió, cuando la estrechaba entre los brazos, fue que ella había sido quien mejor sopesó su corazón; al fin y al cabo el amor de su vida. Luego, resueltas un par de reflexiones más, alcanzó la orilla con la vista:
Estaba por reventar el día y ya los primeros madrugadores recorrían la avenida que atraviesa el gran parque, justo detrás de los árboles añosos que circundan al lago. De entre la multitud, que se aglomeraba para recibirles, surgió la voz aguda del NEWSY irruyendo el silencio espeso que envolvía la barca... igual que el impacto de flecha en un cuerpo vivo: "¡Primeras noticias! Una puta ha aparecido flotando..."
A esta distancia, o tal vez por el balanceo, todo vibraba: las hojas, la luz de las farolas, el agua..., como ciertos paisajes pintados con artística torpeza.

Desde el Umbral

D E S D E
E L
U M B R A L













Subió la escalera, lentamente, regocijándose del andar dolorido que provoca el ejercicio físico y atenta hasta de la mínima zona henchida y tersa de sus trabajados músculos. El crepitar de los peldaños de madera, a su paso siempre armónico y enfundado en zapatillas de bailarina, iba esparciéndose en el vacío igual que chispas de candela en la oscuridad. También el vaho del sudor caliente, aliñado con perfumas almizclados y cremas dulces, dejaba suspendida en el ambiente una estela densa, igual a la de aviones de propulsión.
Una vez arriba __ante el inmenso espejo que se alza como un cielo fantástico donde también se refleja, igual que si flotaran en un atardecer asalmonado, los diferentes ají meces y puertas en blanco de una de las paredes, todas idénticas, que componen lo que antaño fuera salón de baile y hoy sala de ejercicios de suelo de un moderno gimnasio__ entornó los párpados para observar, entre el follaje que crean las pestañas embadurnadas con rimel, a una figura atemporal. Su esbelto y bien torneado tipo contrataba con sus pies sembrados de callos y juanetes, con el cuello pellejudo y con la cabeza de muñeca: reflejo de aquellas antiguas de porcelana que, a montones entelarañados, siembran inútilmente repisas de tiendas viejas y aun alguna que otra cómoda arrumbada en el desván; aunque aquí con la endeble utilidad de asustar a niños temerarios que dificultosamente se han aupado hasta asirse al tablero de mármol... donde éstas, con el mecanismo del pestañeo roto, acechan para clavar su mirada tuerta... Sin embargo, el rostro de la gimnasta, arrebatado por el cansancio, parecía pletórico de juventud. Pero esta débil ilusión fue decayendo a medida que sus mejillas, surcadas con restos de lágrimas sucias, aún más se le enrojecían... y la mirada intentaba fugarse como la del pájaro muerto... y los labios, apuntalados con sonrisas, se afligían y amorataban igual que carne en putrefacción... Al volver la cara hacia el pretil que delimita la parte alta, donde están colocados los aparatos de musculación, sintió un aguijón de insecto gigante en el costado izquierdo que la obligó a conducirse hasta allí, renqueando... y, a duras penas, apoyarse en el salvamancebos... No obstante, desde otra parcela de su conciencia, se imaginaba tan rutilante como aquellas estrellas de cine de los cincuenta, capaces de desafiar una tempestad con la melena ondulada al viento, los hombros erguidos y turgentes, la mirada turbia, los labios ávidos y manchados de rojos sangre... Pero, viendo que su ansia no era reparada con el beso feroz del intrépido protagonista, desde la supuesta popa, condescendió dirigir la mirada a otro océano, siempre sereno, como de barniz... aunque por qué no dudosamente amenazado por lenguas opalinas e incluso temiéndolo o ¡quién sabe! si aun deseándolo repleto de sirenas dispuestas a bailar bajo la batuta de un musculoso neptuno arrabalero... Ebria de sí... hasta de su sombra, notó una opresión mayor en la garganta, una asfixia generalizada... tal, que tuvo que, apresuradamente, desanudarse el pañolito western al cuello. Entonces, una riada de insistentes despropósitos desfiló en hilera por su consciencia como si, impresos en celuloide, nadaran por el mar inventado... Luego los ahuyentó con el dorso de la mano zopa; rozándose el flequillo ala de cuervo con la uña lacada del pulgar izquierdo.
Aparentemente calmada, fue palpando con la vista cada objeto de la sala: los estrafalarios robots generadores de masa, aquellos que te estrechan y obligan a una danza sin melodía; las bicicletas, siempre ancladas para que nunca levanten el vuelo propulsadas por el ritmo endiablado de los mastodónticos atletas; y, por último, los esqueletos metálicos donde el Discóbolo de Mirón había engarzado, a través de siglos, sus chapas ya herrumbrosas. Aún más agotada, pero con la dulce sensación de haber ejecutado los ejercicios de forma perfecta, se tendió, sobre una alfombrilla de goma-espuma, en un lateral de la sala y de cara al resplandor que comenzaba a emanar del cristal dirigido al naciente. Tal vez acariciaba la esperanza de que el hálito dorado, que nimba los objetos al amanecer procurándoles vida, le inyectara a ella, al menos, unas gotas de angostura para saborear al fin manjares de difícil paladar... o un analgésico que le aliviase el ardiente dolor que recorría su brazo en oleadas.
La gimnasta, al otear desde la improvisada atalaya, descubrió una ciudad fantasmagórica, dañada por espesos abrojos, y cómo ésta se acaracolaba en torno a un jardín de diferentes aires. La escasa nitidez fue achacada al espeso tamiz tejido por brillantes alas de la plaga de libélulas que en ese preciso instante acosaba al lugar. O, tal vez, una luz tan ambarina más bien fuese la adecuada de aquellos países remotos... quizá de donde fueron arrancados estos palacetes, antes de ser trasladados por barco..., pieza a pieza. No obstante, la gimnasta pudo regocijarse de que aquí, al otro lado del charco, estos anacrónicos edificios al menos servían para que seres sin patria pudieran reproducir, ante el umbral de la muerte, sus sueños más anhelados.
Ahora, arrastrada por una irreprimible veleidad, condujo la imaginación hasta una plaza, aparentemente desmesurada; aunque, por otro lado, pujaba por adivinar qué aderezo prestaba al lugar aspecto tan sofocante. Los coloniales palacios de ostentosos colores, revelaban otras leyendas aún más novelescas si cabe: se apreciaba que, entre la maleza poblada de árboles artificiosos, sobresalían unas damas ligeramente mestizas y cómo éstas, en sus escotes concupiscentes, lucían, airosas, moñas de florecillas tan perfumadas y vistosas que hasta podrían hipnotizar a un conquistador furtivo y también, con su canturreo dulce mezclado con trinos de pájaro de plumaje chillón, ser capaces aun de dejarlo indemne.
En el ángulo opuesto a la mentada plaza __donde, por su peso, una higuera va sesgando el flanco izquierdo de un porche ornamentado de azulejos__, una pareja, apuntalada contra un limonar salvaje, pestañeaba recelosa y vigilante como si escuchara pasos. Después, esta misma pareja, firmemente pegada por el tronco, y desfogando su ansia, se ocultó tras la frondosa hiedra que cubre las columnas que sustentan al arco de entrada. Se presentía una quietud sin precedentes, como si el paisaje durmiera la siesta, como si más que vivo fuese un tapiz... Hasta que, y en tiempo indefinido, un céfiro comenzó a ondear los visillos de encaje tras los cuales se presentían, ahora, majestuosas matronas enjaezadas con volantes rizados y almidonados. Luego sobrevino una copiosa lluvia que hasta deslució las aristas de todos los objetos del jardín; tan sólo se apreciaba el reflejo de un farolillo sobre los brillantes asideros de la mecedora, la cual parecía enloquecer zarandeada por el viento.
Tras un quejido largo y espeso, la gimnasta intentó, inútilmente, componer otra postura que las aliviase de aquella incontrolable sensación de pasmo, de inmovilidad total. Pero sólo, y muy dificultosamente, pudo con la cabeza borrar el resuello adherido al cristal... y contemplar, así, un inerte lago verde: corazón de una colosal manzana de viviendas, ubicada en el centro de la ciudad, donde palacetes decadentes sirven de cobijo a viejos aristócratas..., ya inútiles e imposibilitados por sus herederos..., aunque con huellas de alcurnia prendidas en solapas, orejas, dedos... o, como ojos de animalitos, incrustadas en los mangos plateados de sus bastones.
Una de las aristócratas, diminuta y zangolotina, se acercó brincando sobre el césped y perseguida por una jauría de gatos romanos. Cuando alcanzaba la puerta del gimnasio, su mirada se remontó, infantil, hacia la copa de uno de los álamos que en cerco sombrean a los porches coloniales; los animales, en cambio, husmeaban buscando cigarras entre las briznas de hierba. Zozobrante, la vieja niña, cerró los ojos aguanosos y embozó un grito con la mano libre..., la otra, autónomamente, rastreaba el bolsillo de la bata turquesa a la búsqueda de su pata de conejo: quizá temiera __como en los más críticos momentos del día__ que las hojas, igual que monedas colgadas de las ramas del árbol, no se decantaran hoy por cara o cruz... y, por los siglos de los siglos, siguieran temblando.
La gimnasta, arriba en el ventanal, y contagiada de la superchería de la vieja, intentaba vencer la repentina parálisis que le impedía encontrar también su amuleto. Mientras tanto, los gatos, aterrados ante la nada como frente a un perro, erizaban al unísono el pelaje lustroso, abrían desmesuradamente las fauces e, igual que niños cantores, maullaban desconsolados.
Tuvo que esperar mucho tiempo la aristócrata, con las manos en jarras, hasta ver calmados a todos los mininos. Luego, sin dejar de asentir, ceremoniosamente, con rítmicos movimientos de cabeza..., entrelazó los dedos para suplicar:
__¡Dios mío! ...no consientas que mamá siga vagando por esos andurriales, con el alma rota.
A la vez que esto acontecía, en el palacete contiguo al gimnasio, al borde de uno de los dos plintos, casi derruidos __de los cuales surgen las columnas jónicas que flanquean la entrada__ se hallaba sentada una anciana obesa, aunque de piel amelocotonada y tersa, que dormitaba ajena a los gritos de la zangolotina. Esta peculiar mujer vestía negligé abierta de tul negro y ornamentada con encajes hermosos, mas ya deshilachados por el uso y el trasiego sobre el polvoriento suelo de guijarros. Bajo la lujosa prenda se apreciaba una cotilla de satén morado con un centímetro de brocado, en pedrería, por todo el contorno superior: como cóctel caribeño a los que azucaran el borde para que el buen catador no ingiera lo amargo, sin antes endulzarse los labios. También lucía al cuello, robusto y sudoroso, un relicario de orfebrería que el jadeo de su generosa pechera movía incesantemente... __se le antojaba a la gimnasta__, al compás del taconeo lejano de una enfermera, pulcramente ataviada con cofia y bandeja de naranjadas..., que ni a esta hora siquiera, a punto de servir el desayuno y posiblemente cuando pasaba ante las ancianas moribundas ¡maldita sea!, Era capaz entonces de ablandar el gesto duro, embigotado... Y para el cabello, la señora obesa siempre debió utilizar la misma artimaña: un pasador de brillantes __regalo de una sueca, aparcera en la jarana__ que le sujetase el moño a la nuca... con la picardía suficiente para que, y cuando un cliente lo deseara, cediera sin esfuerzo y, en cascada burdeos, cayese sobre sus hombros desnudos la codiciada melena; pero esta vez ningún mozo, enfundado en uniforme de húsares, se acercó con la espada desenvainada a desprender el alfiler: el uso había conseguido que, al mínimo movimiento, saltase solo... Y fue en ese momento, y al concluir también la vieja niña la plegaria, cuando una culebrilla de tormenta se deslizó raudamente por el cielo endiablado; al instante sobrevino un trueno seco, como si una montaña se desgajara en dos de un tajo certero.
Los gatos se desperdigaron veloces y tanto las plebeyas ricas como las aristócratas pobres, sujetas por los brazos y en volandas, cada una por un par de enfermeras, fueron arrastradas hacia el interior de sus moradas. Todo quedó vacío... quieto y en enigmático silencio; ahora el paisaje parecía el bronce maestro de un grabado sobre naturalezas muertas.
Paulatinamente, como si brotase de las entrañas del silencio o del musical goteo de lluvia sobre tejas árabes, fue surgiendo la voz cantarina de la secretaria de recepción: primero, apenas si se apreciaban sus eses musicales; luego comenzó la avalancha de reprimendas contra los instructores. ¿Cuándo entrarían? __se preguntó la gimnasta__ ¡Debió pasar mucho tiempo... tal vez una noche entera! Quiso gritar, pedir socorro... pero el chirrido de polea, en tanto iba rajando la efímera quietud, la fue tranquilizando, incluso adormeciendo... tanto que hasta pudo aún preguntarse: ¿Podría, en adelante, seguir gozando de la armonía de movimientos de Chema y Chemary? ¿Flirtear tanto con el rubio __pelo lacio, bigote trapezoidal, muslos desarrollados como culata de jaca y hombros estrechos, aunque robustos: de esos que, con la barbilla, conforman los tres ángulos de un triángulo perfecto... donde la base la toma de las clavículas y los lados de los flancos del cuello__... como con el otro: moreno agitanado, de ensortijada y abundante cabellera __tan sólo presa a los lados por una capa de apresto__, con la corpulencia, apostura y conjunto de ademanes... que, bien trajeado, hasta podría competir con el gangster latino de una vieja película...? ¿Y seguirían colgándose de las cuerdas de pasamanería, a uno y otro lado de la sala, como dos monaguillos repicando, para izar la majestuosa lámpara que cuelga del gran rosetón del techo?
...Como cada día, una vez concluida la ceremonia, el rubio, con armónico contoneo, pavoneándose de algún detalle sin importancia, se acercará al moreno que, con cierta melancolía en la mueca de la boca, ya observará el panorama vencido sobre el alféizar; desde donde ambos, amarrados por la cintura, aunque sin relentecer ninguno el bombeo de sus respectivos bíceps, indistintamente irán componiendo, con descollos de risa gutural, a cuál más banal, alguna frase jocosa que despierte en el otro la curiosidad.
__¡Fíjate... hasta en los animales la hembra siempre es más cabrona...! ¿Te das cuenta?... aquella gata es como la que me trajiné anoche: coqueta, insinuante, provocadora... ¡Cachi...! Pues, si el pobre gato quiere darla un toque..., ¡verás cómo tendrá que propinarle una galleta!
Éste paró en seco y los dos al unísono, el moreno con gesto aún más sombrío, dirigieron la vista hacia la balaustrada de donde parecían proceder unos estentóreos ronquidos; como si unas fieras estuviesen copulando. Pero, cuando comprendieron qué podría ocurrir, se miraron con complicidad.

Clase

C L A S E






PARA
CARMEN PONCE DE LEON HERNANDEZ




de Antonio García Montes
Madrid, 3 de junio 1.989



El aula tenía la forma perfecta y pulida de un tronco piramidal de alabastro tumbado sobre una ladera. Sólo el trapecio de uno de los lados estaba estriado, para frenar así la riada inminente de alumnos que, aferrados como a clavos a los bolígrafos, parecían atraídos hacia la base pequeña; donde se veía, enmarcada en madera de pino bien barnizada, la gran pizarra negra. Allí, al borde de la tarima del mismo tono, pero aún más bruñida, flotaba una mesa escueta con patas rojas y delgadas de cigüeña. A su rectangular plataforma lacada en gris se adherían unos folios iluminados por un flexo en forma de aeronave.
Cual pelota de lana bateada por un demente, el murmullo monótono del aula saltaba de un extremo a otro cuando la puerta, firme trazo en la pared inmaculada, se abrió de súbito. Uno de los folios se desprendió de la mesa revoloteando hacia el ventanal __araña mutante aferrada al centro de la base superior__, donde se libraban las carreras de nubarrones de abril. Al instante apareció la estilizada figura de la profesora especialista a quién según programa, le correspondía la charla sobre TRASTORNOS DE LOS SENTIDOS. En altísimos zapatos de ante negro caminaba segura hacia la mesa donde, sin inmutarse por el extravío del papel, posó un portafolios de piel de cerdo. Lucía media_melena perfectamente planchada, suéter ceñido al busto del color de las auroras y falda negra de un tejido que al andar se pega insistentemente al muslo.
Con la precisión mecánica del decorado de las grandes óperas, una nube de tormenta ensombreció la escalinata. Las cabezas giraron al unísono en el instante preciso en que el cabello de la profesional se fundía con el negro de la pizarra. Entonces, la palidez del rostro resaltó con la intensidad de las esfinges: una crueldad entre divina y diabólica, perfilada por el carmín rosa, acentuaba los rasgos armónicos, aunque generosos; unas cejas como fugaces rayos negros iban tomando posición sobre la frente que no se fruncía en exceso __quizá la tersura de su benigna madurez lo impedía__, pero mostraba la crispación suficiente para denotar inteligencia; y unos pómulos firmes, seguros y, a veces, risueños.
Mientras alargaba una mano amarfilada y sin joyas a la repisita donde se amontonaban las tizas, su mirada, hasta ahora sólo proyectada a la primera fila, se tendió hacia el infinito, soñolienta, intentando perderse entre la bruma que la imaginación romántica crea al atardecer. El tiempo __sujeto por aquel discreto reloj a la muñeca__ se detuvo en la punta de la tiza alzada con destreza de domador. Desde ese faro opaco, pudo apreciar cómo sobre los cientos de cabezas también se paraba el fluir constante de los rayos del atardecer y cómo la negrura se filtraba entre las ropas. Todo iba tornándose mortecino, igual que esos recuerdos que al ser evocados en el instante de su desvanecimiento, se plasman sólo unos segundos para luego diluirse con la esperanza de otros retornos. De nuevo se abrió la puesta para dar paso a un diminuto conserje parkinsoniano y estrepitoso. La profesora, inmóvil, alzó mesurosamente la vista; pretendía evitar el empeño de éste en plantar las patas del trípode. Con ligero cabeceo ahuyentó la crispación creciente y se volvió, segura, al encerado. De espaldas y sin más preámbulos rayó en la pizarra: INTERRELACIONES GUSTATIVOSEXUALES; después se dirigió a la mesa ignorando al resto de la humanidad. El pequeño individuo, mientras tanto, se pudo escurrir entre el cortinamen de terciopelo verde situado al otro extremo del entarimado.
Antes de disponerse a hablar, con la barbilla alzada, la profesora giró la cabeza para cerciorarse de que en la pantalla sobre el trípode se apreciaba la escuálida imagen de una adolescente sobre una báscula: "EL GUSTO es el sentido... ¡el tercero! que más relación tiene con el sexo __el graznido de un violonchelo en vuelo acalló un instante a la voz aterciopelada__; parece un apéndice de él. __tímidamente fueron sumándose las notas suaves de los violines, como polluelos que pretendieran seguir a la madre__ A esto se llega, necesariamente, mientras se indaga entre lo que flota en la balsa craneal: esas cáscaras, hojas, flores... elementos muertos que al mantenerse sobre el agua conservan la apariencia de lo vivo y que para algunos pintores sirven de matriz colorista".
Apenas apreciables, la últimas migajas del ocaso traspasaban el insecto gigante. Ahora, en la escalinata en penumbra, tan sólo se revelaban aquellos rostros de las primeras filas que, acariciados por el resplandor del flexo, más intención expresaban en la escucha.
Mientras hablaba, descubrió, confundida, que, entre las imágenes endebles de la segunda columna, unas insistentes pinceladas no cesaban de romperse, para de nuevo unirse aún con más gracia. También pudo apreciar que estas imágenes poseían unos ojos y que esos ojos irradiaban un encono exacerbado para con la figura cadavérica de la diapositiva. Y fue el chaparrón de notas de piano quien ahuyentó a la manada de cuerda y también a las oscuras cavilaciones de la profesora, siempre dañadas por los residuos de una frustrada inclinación al dibujo. Apretando los párpados, aunque sin descomponer la elegancia, ésta se agarró a las esquinas de la mesa, zarandeó la melena para dejar al descubierto unos diminutos destellos en las orejas, y se dispuso a prestar más atención a lo que ella misma estaba diciendo:
"...al extinguirse un sentido se intensifican los restantes: los ciegos palpan más, los sordos ven hasta las ramas crecer, los mudos..., bueno, etc. Entonces ¡pienso yo! que al oscurecerse el apéndice de uno de ellos, obligatoriamente debería intensificarse el otro: de ahí el gusto irracional por el picante, o la intolerancia extrema hacia tal o cual dulzor..." __Con meticulosa dedicación y la intención de incrementar fundamento al contenido, se limpiaba el sudor de la frente y del cuello. La otra mano sopesaba el bloque de folios por leer, cuando una irrefrenable fuerza la obrigó a saltarse varios de un golpe__ "...familias, donde el progenitor es un figurín que se alimenta tan sólo de mendrugos de pan, son capaces de llegar a la docena de hijos antes de sobrepasar la cincuentena. Por el contrario, personas muy dedicadas al paladar... repostería fina, chocolates y salsas agridulces, suelen ser solteronas gordas, de gran sonrisa y peculiar gusto por el atuendo: estampados de colores ornitológicos y ostentosa bisutería..." __Aquí se detuvo para contemplar el vacío fantasmal que se posaba sobre las cabezas, cada vez más borrosas, casi imperceptibles.
Un punteo general __picos ávidos, duros y precisos__ del cuadro de violines acometió por sorpresa a los anónimos prometeos presos en sus butacas. Luego, mientras chorros caudalosos de trompetas limpiaban los desperdicios, ráfagas alternas de clarines purificaban el aire, arrasaban los alientos, rebañaban los humos. La profesional vislumbró cómo las formas, hasta ahora en un continuo disloque concordante con la música, se iban serenando a medida que subía el tono de su voz. Disfrutaba del retumbar de las paredes, del caer trémulo de los desconchones... esporádicas gotas de verano rayando el vacío: una dimensión espesa y trasparente, como si las sombras bucearan en el fluir denso del aceite refinado. Y allí, a esa enorme masa viva __ya de pie ante la hilera de lucecitas que la separaban del abismo_ dirigía las palabras elegidas y precisas, con la maestría y singularidad de un orador iluminado:
"...Lo que guardan en común este nuevo género de personas, es el carácter sexual (en unos encubierto y en otros irremediablemente aparente). A los encubiertos pertenecen los obesos, mientras que a los irremediablemente aparentes pertenecen las escuálidas... y me refiero a individuos de una delgadez u obesidad lindando con la caricatura..."
Una mano cálida la asía fuertemente el brazo donde sostenía los folios hechos un cucurucho:
__Señorita ¡tiene que acabar! ¿...no ve que han desaparecido los alumnos? ...Es tarde y debe estar muy cansada. ...Si quiere, la acompaño. Tan sólo quedan las luces de situación.
Estas frases, entrecortadas por el jadeo, las iba soltando un muchacho __ojos llameantes, pelo rubiaceo a cepillo y boca infantil, húmeda y esponjosa__ al son de su envarado bailoteo, una especie de acoso como la del pavo a la pava cuando están en celo. Ella, ajena, los folios contra el suéter, giraba con la locura de las indígenas en el punto culminante de sus danzas florales. De repente, los dos, uno de espaldas al otro, pararon en seco: sobre la pizarra se congeló la estrafalaria pose de un bailarín; la profesora, al borde del entarimado, veía, con mueca de despedida y ojos turbios, el volar de las hojas en espiral hacia lo oscuro.

Gata Luna

U N A G A T A R E F L E J A D A
E N L A L U N A


A mi amiga Lola







de Antonio García Montes
Madrid, 2 de septiembre 1991


Aunque circulen rumores sobre si mi ama de cría fue o no una perra __no sería lícito explayarse ahora, por razones que posteriormente expondré__, a la mayoría de los miembros de su especie los tengo por espingardas; y si algo envidio en ellos es su hocico. Cuando paso ante esos artefactos que las humanas, con intención de retocarse a cada momento el rouge, colocan en lugares caprichosos o, al amanecer, merodeo distraída, junto a espejuelos de lluvia o, embargada por impulsos inquebrantables, oso en alargar el cuello entre frondas de geranio y aspidistra hacia aquellos otros cristalillos alunados que se estremecen en la incertidumbre de fosos sin fondo, he observado una cara, aunque bella y en extremo exquisita, con cierta malafollá en el morro: ¡ese labio leporino nos resta encanto y no pocos seguidores... O sencillamente somos tomados por parientes de esos mezquinos, siempre cautivos y comiendo hierba! Sin embargo los canes... quien más, quien menos __no hay por qué negarlo__ son dueño de un morrito agraciadísimo y además embaucador. Pero no existe mal que por bien no venga: respecto a la boca, nuestra especie ha hecho acopio __como la mujer en cosmética__ de armas con significativo poder de persuasión... y además, utilizadas diestramente, hasta podrían alcanzar niveles de seducción inusitadas.
Cuando afamados investigadores han llegado, por exclusión, a la certeza de que el mundo es una balsa de aceite... o por el contrario aseveran que se precipita sin remedio hacia el abismo... o tal vez ya nada se les ocurre sobre aquellas prometedoras teorías, que en su juventud anhelaban y sus esposas porfiaban, les da por especular sobre cuántas utilidades importantes, además de las conocidas, barajan los gatos en los bigotes. Mi amigo Agustín __de esos atolondrados gatuelos que, de ser humanos, conducirían moto; siempre finalista en los populares concursos de quién es más hábil dando apelativos a las partes del cuerpo menos tocadas y, sin embargo, más acariciadas__ asegura que son ya ciento treinta y cinco hasta la fecha... y que el último descubierto, usado con cautela e inteligencia, nos podría servir de mucho provecho.
Según estadísticas, y siempre que, bajo el collar de plata, disfrutamos las caricias de las uñas largas, afiladas y lacadas en rojo fuego de una dama distinguida, nuestros bigotes sufren el envaramiento siquiera propio del pelaje del puerco espín; contagiados por ésta, de no sé qué fuerza, razón y argucias, mantenemos fija la mirada... provocando cierta inestabilidad en el varón de turno, que en ese momento nos está incitando; circustancia utilizada, obvia, ineluctable, indefectible... aunque, inconscientemente, en provecho de ella e, indirectamente, también en el nuestro.
De manera categórica sostengo __sin despreciar el insólito descubrimiento__ que no hay por qué subvalorar la intensa fuerza deslumbradora del par de marfiles que lucimos tras el triángulo de nuestra boca; impar pareja de perlas en perfecta simetría, e insuperable armonía, con las gemelas esmeraldas de Madagascar... Al menos, entre un sinfín de dispares ronroneos y al tiempo de ser desengastada del minino de mi señora, así lo escuché en boca de un príncipe hindú: "Ni como pirata en la época del siglo de oro español, sondeando océanos encrestados, inmensos, profundos, remotísimos..., ni desvalijando joyeros de doncellas abúlicas y ya hartas de excentricidades indígenas... jamás hallaría un verde tan intenso, ¡ni siquiera en Madagascar!"
Pero dejémonos de bagatelas; el trayecto de nuestra vida gatuna nunca fue sembrado de rosas, dechado de virtudes, ni manejado, por más que los humanos __regazos meramente__ lo proclamen a los cuatro vientos; nunca nuestro destino llegó a ser interferido por quienes sólo utilizamos de referencia, a veces stop, y otras guía, para adentrarnos o no, en la selva virgen.
Hablando en plata y supuesto que es un rumor __como ya dije__, no puedo afirmar que corra por mis venas leche de perra; mas sí dar fe sobre ciertos matices de carácter, los cuales me otorgan singular distinción respecto a mis congéneres... a no ser que me autodiagnostique de histérica. En contraste con la mayoría de una especie ponderada de huraña, pero fiel hasta la tumba, nunca mantuve largo tiempo los reales dentro de un hogar __rasgo nómada de la personalidad que cuajó una vez superadas las difíciles pruebas de mis primeras experiencias__, por muy tolerantes y magnánimos que fuesen conmigo. Señalo tolerantes, puesto que son escasos quienes aceptan a una gatita presta siempre a derrochar favores con el que encarte... Y no maúllo en febrero, sino que, en noches de plenilunio, simplemente aúllo como los perros...
Al hilo de estas singularidades voy a relatar un suceso que, de no disponer de una inquebrantable personalidad, de un indeleble estoicismo, y no poco de picardía, hubiese dado con estos huesos, aún de museo, en un psiquiátrico gatuno... ¡por expresarlo de una manera distinguida! Supuesto que lo más natural en nuestra clase es acabar de piel para zambombas, curtiéndote al relente sobre angarillas de esparto.
En la casa donde caí la primera vez, en un cestito de mimbre acolchado con virutas de cedro, plumón de pato y paja fresca __verdades a medias: fruto de remotas imágenes, ponderadas cuando en otoño me invade la melancolía__, existían ocho piernas; las cuales, indistintamente, campaban por sus respetos al ritmo de un soniquete, en principio desagradable. Sin embargo, sólo con las cuatro más endebles tenía que bandeármelas para, en los primeros días, no perecer aplastada como un racimo de uvas; las cuatro más largas, aunque nunca dejaran de desplazarse a un lado y otro como avestruces, jamás __excepto el definitivo__ tuve mayor tropiezo que el acaecido un día sin importancia cuando, después de una reyerta en la habitación compartida por el matrimonio, la mujer, que lloraba amargamente, me arrulló entre sus senos diciendo: "¡tú eres la única que me comprende...; el muy estúpido asegura que, en definitiva, es más íntegro Wöigtila que Grace de Mónaco!". No obstante, ella, al fin y al cabo, tuvo la culpa de mi marcha.
Debo reconocer que, precisamente la dueña del par de piernas más finuchas, a fuerza de puntapiés, fue quien arrancó de mi corazón la primera esquirla de calor humano; con su caminar tambaleante e incierto, día a día, despertaba un amor tan intenso en mí, que llegó a declinar en dependencia; agradablemente soporté pellizcos, bocados en las orejas y hasta tirones en el hopo con tal de sentirla feliz junto a mí... Quizá no toleraba cómo, sin venir a qué y con exabruptos, cada miembro de la familia le echaba en cara su falta de apetito.
Espero desechen cualquier interpretación que induzca a pensar que atisbos de ínfima compresión hacia seres indefensos sean sinónimo o ramalazo de alguna tendencia religiosa; lejos de mi raza la hermandad con animales, tales como aquellos legendarios, capaces, con babas, de erradicar hasta la lepra. Los felinos... ¡y perdón por la expresión! acatamos sin reservas el empirismo radical; podría afirmar, orgullosa, que siempre estuvimos del lado de los proscritos... Se rumorea... Abundan historias... Historiadores empeñados en demostrar... ¿y por qué no tan ciertas éstas como otras? ...Firmemente empeñados en atestiguar que procedemos de un lugar remoto en Asia, de donde también se cree oriunda la raza gitana... Tal vez a todos nos asocien con emigrantes; o, por ejemplo, nos comparen a mis primos los de Angora, del Asia Menor; o con esos otros, tan apreciadísimos por químicos contagiados del síndrome de la algalia, también procedentes de Asia...; o tales hipótesis se alimenten simplemente de los rasgos sociológicos y transculturales que ambas especies comparten. Aunque, desde mi punto de vista, me atrevería a debatir que sí existen claras connotaciones de temperamento entre la etnia gitana y la gatuna; y, sobre todo, cierta equivalencia en sus manifestaciones artísticas.
En numerosas ocasiones habrán presenciado cómo una gitanilla o gitanillo se sienten sobrecogidos... heridos por el primer acorde musical; él o ella, se hallen donde se hallen y en las circunstancias más dispares, con el cuello erguido, rígidos, estremeciéndose cual moña de jazmines azotada por ardores de amante furtivo..., intentarán alzar el vuelo. Pues también, si se fijan, descubrirán en el gato un arranque idéntico: éste, se encuentre donde se encuentre y en las circunstancias que fuere, si es invadido por un perfume exquisito, con el cuello erguido, envarado, estremeciéndose cual ramillete de violetas azotado por resuellos románticos..., intentará mostrar la zarpa... que como todos sabrán es prensil, padece de hiperestesia y dispone de garras tan afiladas como punta de alfiler. Pero zanjemos ya esta cantinela ¿Para qué conocer orígenes y etnias si ni siquiera sé quién era mi verdadera madre...?
La primera infancia transcurrió como la de cualquier michito; viendo que tu vida, sin remedio, se precipita hacia la necedad; observando cómo vuelan los cuatro días que te han asignado para instruirte, endurecerte, vagatunear... junto a seres que emplean años en diferenciar un canto de un caramelo; condenada, si no te armas de coraje y te arrojas al asfalto, a ser culpable toda la vida de lo ocurrido entre las familias... No obstante, y aún intuyendo consecuencias peores, me encadené a esta niñita rubia y displicente. Todavía recuerdo la película que vimos pegadas al televisor y comiendo palomitas de maíz. Se titulaba La Mujer Pantera: un insólito argumento sobre hembras de extraña naturaleza, pero de donde emanan alcances aún más mórbidos... Me viene a la mente cuando, en un tugurio nocturno, una de ellas, que ya se hallaba en el recinto, al ver entrar a la mujer pantera, sufre un espeluzno de gato y muestra, entonces, sus garras afiladas y lacadas de rojo; la pantera entrante, intentando huir, explica al acompañante que alguien de su linaje se ha enrostrado con ella... ¡Ahora entiendo por qué el choque frontal de dos mujeres, con rasgos de personalidad semejantes, genera tal violencia!
Una noche, los padres de la rubilla, trajeron a casa un chucho enclenque y lloricón; quizá, viendo que su hija tornábase cada día más taciturna, se sintieron culpables. Herida en mi pundonor, digna y muy altiva, salí entonces de la cesta __demasiado estrecha para dos__ y, ni corta ni perezosa, me encaramé al alféizar de la ventana; desde allí podría vigilar, tranquila, sus primeros movimientos y conjeturar sobre posibles amenazas. Mas debo confesar que no cesaron un instante los gruñidos; su cuerpecillo entero temblaba como hoja precipitándose al vacío. Sobrecogida, y puesto que ni abrazada a un oso de peluche era capaz de conciliar el sueño, contemplé objetos en la habitación que jamás advertí antes. Sobre la pared celeste del fondo se recostaba un piano oscuro con un candelabro de plata labrada en cada extremo sobre el teclado. En la pared contigua, la versión naif de la clásica estampa de Jesucristo, ataviado con sus mejores túnicas de seda y oro, en un jardín, evocador de cementerios, y ante hileras de niños tímidos, tristes, zarrapastrosos... pero embargados, se podría decir, por una fe fuera de toda comprensión. Junto a la cama con doselete una, inmensa repisa repleta de muñecas de tez brillante, ojos asombrados y diminuta boca color fresa... de esas que recuerdan a putas mojigatas de la campiña inglesa. Lloré largo tiempo y, aún sobrecogida, di un giro, dispuesta a observar el panorama que ofrecía la ventana, de par en par. Reinaba la paz de un amanecer otoñal, generoso en colores y matices; un fondo tapizado con telas de delicada textura y trasparencia, en tonos cálidos, sutiles, desvaídos, melancólicos; ante el cuál, y aupado por las veletas de cuatro iglesias, resaltaba un nubarrón muy algodonoso y de un blanco estremecedor. La lejana silueta de tejados, sembrados de antenas de televisión, se apreciaba caprichosa, hiriente... como un cañaveral abandonado y seco; sin embargo, un aire templado y dulce cimbreaba las elegantes copas de ciprés, medio ocultas tras la tapia de un palacio renacentista... Tal vez el hálito opalino, en torno a ellas, fuera el primer auspicio sobre la salida del sol.
No sé de qué manera ni cuándo entró el hermanito de la nena cautivadora; no obstante, al mirar de nuevo al cesto, allí cerquita se hallaba atento y desafiante el cachorro... ya dispuesto por instinto a mostrarse como su siervo. Repentinamente se filtró por mis carnes la flema de un demonio perverso, juguetón... que, como ratoncillo rabioso, fue carcomiendo, desde los bigotes hasta la punta del rabo, cada una de mis terminaciones nerviosas. Quizá presintiera los acontecimientos que se avecinaban... o se consumara entonces el encanto de las primeras miradas que los dos animales nos cruzamos... ; aunque la consecuencia más descollante fue la sarta de venablos y posteriores veleidades que brotaron de boca del muchacho humano, se podría decir: "Que sea la última vez que miras a esa gata maula; sólo sirve de estafermo para la tonta de mi hermana". Él, aun torpe en ademanes, pero guiado por ese innato talante, que tanto estiman los humanos en el perro, me ladró a la cara. Mi respuesta fue un ahogado maullido que simulé tras mi zarpa.
Pero, tras aquel triste amanecer, donde todo transcurría ya igual que si estuviese previsto, cambié de actitud. Se definieron papeles, con acuerdo tácito entre ambos, meras mascotas; por siempre, y cara a la gente, representaríamos a los típicos enemigos: al fin y al cabo, perro y gato. Y, como cualquier felino, llevé airosa nuestro estigma característico: el rencor... Y mi compañero, su aire de absorto filósofo rastreando verdades como puños.
Nunca olvidaré una tarde de finales de verano __el cielo, por el bochorno, se tornaba amarillento y con ciertas franjas levemente anaranjadas... como pulpa madura de melón de Villaconejos__, que tras desgarrar la ración diaria de ovillo de lana granate, me dije, así, sin ton ni son: no estaría de más montar una buena escaramuza... ¡de las que hacen época! Sigilosa y sumisa enderecé mis zarpas hacia el cuarto donde se hospedaba el "enemigo". Ya en el pasillo, creo, rezongué gatunamente al cruzarme con uno de los humanos mayores, no recuerdo cuál. Después me deslicé entre montañas de juguetes y, aprovechando el haz dorado que fluía por la ventana, me acerqué contoneándome. Él, al principio, ni se inmutó; con ojos soñolientos mantuvo la mirada... __aquella impostada y acordada por ambos, como ya comentara, para que los humanos nos dejasen retozar a gusto__ en el sutil balanceo de unas brujitas de papel que colgaban del techo. Más arrogante si cabe, me interpuse; dando a entender, por el contrario, que allí estaba dispuesta enteramente a su capricho. No obstante, él se desperezó ignorándome..., sacudióse las pulgas... Muy lentamente fue a husmear entre mis nalgas. Al principio retuve el incondicional repente que todo gato normal padece en momentos así de delicados; tragándome la rabia disimulé que ronroneaba como ante un gato cualquiera... o como frente a un perro diferente. Mas, apenas recuperado, me pregunté: qué insuflaba a mi ánimo de tal arrojo, de tal aplomo...; pero despeinada y resuelta, me volví no sin mi peculiar desplante... Pero... ¡por los pies de Cristo! Tras un leve vahído, me sobre puse; no obstante, nunca he podido calibrar el tiempo que pasamos mirándonos a los ojos, aullando a la par, o maullando al unísono; qué fue antes o después... Sin embargo, conservo una imagen nítida; como una fotografía, en mi frente perdura la fisonomía clara y precisa del chucho más guapo que existiera jamás.
Cuando acudió el segundo miembro de la familia de la escala por edades, estaba el cuarto destrozado, las cortinas desgalichadas, las cajas de música enloquecidas, las plumas de los cojines revoloteando sobre nosotros... Aún escucho el martilleo átono de la voz de la dueña: ¡Apartad de mi presencia a esta gata enferma; jamás quiero volverla a ver! Dicho lo cual se desplomó; sus ojos extraviados pareciese que miran la lluvia de plumas que aun revoloteaban por la estancia.
Después de aquella traumática experiencia, un día que intentaba suicidarme por sobredosis de cabezas de sardina, fui acogida en casa de la rica y guapísima Madame La Canaria... Y, a partir de ahí..., donde una anciana excéntrica y anoréxica; a resguardo siempre tras la mecedora de un poeta con gafas apenas sin montura, salvo por los alambres que acaso se adaptaban a sus orejas belludas... y un jerseys de cuello vuelto, siempre el mismo, ya desportillado por el trasiego impúdico de los años y las penurias propias de quién escoge el triste porvenir de oficio, hoy tan vilipendiado, tan ostentosamente alabado, aunque sin el apoyo preciso para que no siga de por vida sólo adornando (sus libros, por supuesto) anaqueles de pretenciosos, de absurdos intelectuales; una pareja de neurobiólogos amigos, por norma dispuestos a cercenar, en teoría, al primer cerebro que les viniese en mente... Todos muy afables y extremosos conmigo, pero de quienes sospeché siempre aprensión y recelo respecto a mi vida privada. Así que, harta de ser una gata encantadora y tras pedir consejo a aquellos viajeros de nuestro linaje que descubriera menos cortos de miras... ¡también los hay qué...!, decidí pasar el resto de mis días en un pueblo: medio o lugar, en el cual existe un sano despego hacia nuestra calaña; se vive al margen de los humanos y, salvo cuando se es alcanzado por algún perdigonazo __a veces destinado a un gorrión__, nunca entablas con ellos más intimidad que la estrictamente culinaria. El resto del tiempo lo inviertes en gatunear, espolear gallinas, dormir la siesta o emparejarte con quien te place, aunque fuere con otro chucho..

La cosa de la manera

LA C O S A D E L A M A N E R A






Con el mayor respeto y salvando las distancias, me he permitido dedicar
este cuento a la memoria de Joyce; un pequeño homenaje al capítulo VIII
del libro primero de Finnegans Wake: Anna Livia Plurabelle.






de ANTONIO GARCIA MONTES
Madrid, 30 de junio 1.992.


__Chiquilla, ¡qué trazas...; meramente parece que te hubiese pretendido la muerte sequilla! __advierte con resabio Amelia al ver a Clara, dando un portazo, salir del último despacho... al fondo del interminable pasillo, pero en el extremo contrario donde también ella se afana en abrillantar uno a uno los pomos de bronce de las enormes puertas verde oscuro; después de mucho vacilar, resuelve acudir al encuentro de su compañera... muy despacio, cavilosa, incluso melancólica..., rozando la pared gris al vaivén de su falda roja de capa, y anundándose a lo moro un pañuelo azul celeste salpicado de tréboles dorados; en cambio la otra, a pesar de venir cargada con el cubo hasta el borde, camina muy decidida..., ajena a cómo el primer rayo de sol, que tras su espalda ha comenzado a filtrar la gran vidriera de colorines (de parte a parte en la pared frontal del rellano de la escalera que conduce al primer piso), no sólo inunda la atmósfera de escamas flavas, sino que, en torno a su silueta, aun luce un halo de tal grosor y brillo que hasta parece que Clara fluctúe más difusa y enigmática que las apariciones tradicionales. Al tiempo de alcanzar a su compañera, contrariada, Amelia advierte cómo tibias, sucias y espesas lágrimas le resbalan por sus coloreadas y copiosamente empolvadas mejillas...; a la sazón, que le estalla en el pecho... así como una copa de cristal de bohemia... y que el áspero e ingrato contenido de la copa se le va vertiendo con cautela, a sorbos..., aunque de todo punto absurdo poder solapar el consecuente chisporroteo de su corazón en ascuas. Una vez sobre el pulido mármol hubo posado Clara el cubo de agua espumosa, sanguinolenta y, de seguro, aún tibia, y con el dorso de la mano que sostiene la gamuza del polvo se empapara el sudor que afluye a sus sienes, adujo... aunque sin reparar en el sofoco repentino y a todas luces inconsecuente de su compañera:
__Escucha, Jefa, vamos a darle un tiento al café... ¡Anda, sácame el termo de aquí del bolsillo...; mira, qué manos tan húmedas! Aunque, antes, deja que me realivie... ¡Tengo las pajarillas... pin, pon... que se me escapan por la boca! Escucha, ¡se me ha puesto un cuerpo! ¡Uh, es que no sabes; te cuento y no paro! ¡Tan sólo de pensarlo, se me abren las carnes..., se me descaman las venas!
__No sigas; a veces... ¡qué precisa eres, coño...!
__¡Sí, precisa! Lo que ocurre es que una, tan trabajada, no está (como sabes que, sin siquiera ponerme colorá, le planté una vez al jefe supremo) ...yo, la pura verdad de Dios: no debiera andar por ahí, con lo enferma que estoy y tantas molestias como padezco, viendo todos los días... y además estando expuesta a... ¡sabe Dios qué!
__Pero... ¡por Dios bendito! nadie me va a contar jamás qué ha sucedido esta noche...
__Escucha, Amelia; esto no son asuntos para referir aquí de pie y... así, sin más; hay que emplear su rato, buscar el lugar propicio. ¡No creas; la cosa tiene su mandanga..., su miga...! Como bien apuntó un escritor manco muy antiguo, en un libro muy gordo: "Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas..."
__¡Ay, nena; no me digas que, tan ignorante, y tuviste sesos para desmenuzar tales alcances!
__No se trata de eso... Bueno, me han dicho que tiempo ha que lo padezco...; ¡vamos, que me viene de camada! Hasta un señor muy versado, de aquí del edificio, advirtió que la gracia de mi palabrería no tenía que envidiar, ni un lápice, a las de Don Sancho y el Quijote...! Y, rezongando en tanto miraba desatentado aquí y allá, como si estuviese en babia, me explicó: "En tanto que, desde que el mundo es mudo, y más en esas aldea del infierno que no sabéis ni pintar la luna con un aro ni capaces de valorar tales andanzas, habría que sospechar que viniese, precisamente de los refranillos vuestros, la inspiración del manco para dotar a Sancho de tan chistosa disposición..." Además... ¡qué coño!; ten un poco de misericordia, ¿no ves que me falta el respiro...? Fíjate, cuando me desperté esta madrugada... (a eso de las tres y media..., o así), le dije a mi marío: "Dios es testigo que no me apetece, ni tanto así, ir hoy a despelotar los Juzgados... En definitiva, que no está mi papo pa ruíos" Él, como de costumbre, me contestó: "¡Anda, anda; que tienes voluntos de peón caminero!" Y se dio la vuelta. Entonces, claro, ¡cómo para dormirse...! Además se me fijó ese dolor que a veces me aletea aquí..., bajo el costado... y también, así como si una pareja de ratones me estuviesen royendo los riñones por dentro... ¡Nena; no he pegado ojo! También me vino a las mientes que, cuando se jubilara...: ¡que menuda vejez se iba a chupar la menda...! Si es que hay quien tiene la negra; toda la vida batallando como esclavas y... al final: ¡toma del frasco, Carrasco!
__Oye Clara, contigo no se puede dialogar; parece que siempre desayunaras lengua escarlataohara... Hija, por Dios; a toda horas te estás quejando... ¡Ay...; pero no explotas...! ¿A caso crees que las demás llevamos una vida regalada..., de capricho? ¡Rica; la que más y la que menos nos hemos pelao el coño a trabajar!
__¡Qué gracia; como que en tu juventud fuiste del oficio!
__Doy fe de que para nada me refería a esa peladura de coño... ¿Es que quizás las putas..., las probecillas, no se merecen el pan que se ganan? Además... ¡a las putas nos lo mondan!
__Mira, no me hagas hablar sin testigos: a las prostitutas us lo mondan y us pagan encima la postura; y a las decentes nos lo desuellan, y gratis... Después, cuando se harta el sultán, te lo deja ya escariado y expuesto a que con el desuso se te agriete, se te enfístule y se te aposteme también... ¡Que esto me lo ha explicado a mí, muy bien explicadito, un especialista de entrevías..., muy bueno, muy bueno!
__¡Ay, vosotras las decentes: siempre con la misma cantinela...! Anda, reina, no te mosquees, que te pones muy fea; y sigue contándome lo del pitote de esta noche.
__¡Pues no me interrumpas entonces...; nunca dejas que me explaye...; siempre empeñada en llevar razón en todo...; erre que erre!
__¡Anda, con la mujer esta! ¡Vamos, vamos...; qué reglamentista...; como para andarse con chiquitas...!
__Dejémoslo estar. Como te decía... Ya sabes... Bueno, tú eres testigo primordial de que soy una de las primeras que fichan; que aún no ha clareao el día cuando mi artritis se resiente abriendo estas dichosas puertas de los infiernos... que, por cierto: ¡a ver si en el presupuesto de este año dan para otras! Como te estaba diciendo...
__Mira, perdona que te corte, pero no me estabas diciendo nada en absoluto.
__¡Calla...!
__¡...Qué graciosa! No, si al final va a resultar que soy yo...
__¿Ves lo que te decía...? Bueno, te estaba contando que cuando esta mañana intentaba meter la llave en la cerradura... ¡Huy Jefa; qué tropel..., qué barullo! Me dije: "Aquí Clarita, hay gato encerrado" ¡No sabes qué carreras, qué saltos, qué alaridos... Mira, ¿tú has pasado por el mercado cuando, de los camiones, lo mozos están desmontando cajas y más cajas de boquerones? Pues, algo parecido. Yo, pasmada ante la puerta; no sabía ni qué preguntarme: "¿Entro, no entro?" Fíjate qué te digo: había ratos que parecía, más que declaraciones, que estuviesen celebrando Misa de Difuntos... No te puedes figurar, ¡qué cantos...!
__¿Permites te refiera un asunto...? Verás; como bien sabes que de hombres entiendo una hartá... que tengo cierta información tanto de aquí, como de París, Amsterdam, Roma, Pekín..., no te ha de extrañar, por descontado, lo que te voy a explicar: Es del dominio público que cuando un atajo de hombres corrientes y molientes (y no me refiero a los curas; son harina de otro costal), por la causa que sea, se ven obligados a permanecer encerrados mucho tiempo solos, casi siempre terminan discutiendo..., o enfurruñándose y, cuando no, matándose entre ellos...; siempre, claro, no anden tramando una guerra... Pero nadie se ha preguntado nunca por qué. Pues... Me contaba a mí una puta vieja de Lisboa que, en cierta ocasión, allá por los años treinta, un grupo de señores muy atildados, de excelentes principios..., comunión diaria ¡no te digo más!, muy buenas referencias y, al parecer, por asuntos de negocios, optaron en reunirse dentro de una quinta cerca de Sintra; cuando sus cónyuges dieron en notar su falta, después de tres largos días con sus noches, de incertidumbre... preguntándose y preguntando dónde andarían, qué coño harían..., en parejas o en tríos se fueron acercando, precisamente hasta el lugar donde, entre fado y fado, esto y lo otro, las buenas gentes les habían ido indicando. Pero en tanto ni un maldito perro se oía, ni nadie allí abría siquiera una ventana..., a caso chirriaba de cuando en cuando la veleta o zureaba algún palomo, las más temerarias de la comitiva le echaron cohones y, sin problemas..., sin apenas mancharse de polvo sus vestidos negros, derribaron la puerta. Y ¿qué crees que hallaron...? Cuando acoplaron la vista a la oscuridad de adentro, descubrieron a los desaparecidos desperdigados y más tiesos que bacalaos... ¡Ah! menos a uno de ellos que aún coleaba...; colgado de una inmensa lámpara de cristal sonreía como si fuese un titi... Esta vieja puta, La Rovi (mote que arrastraba desde cuando en sus tiempos de ataque se jactaba de su habilidad sin par en aplicar a los clientes un supositorio congelado de vaselina, en el momento chipén), referente al suceso que nos ocupa, insistía con desparpajo... (¡parece que la estuviese viendo sentada en su mecedora, manoseando su medallita de plata y nácar...!): "...que a los hombres, como a las cabras o a los carneros, hay que tensarles las bridas... o atarlos corto". Y argumentaba entonces, espaciado la palabras: "que cuando se encuentran..., frecuentemente se olisquean, se encaran, se enrostran, se enfilan, se escudriñan y de tal manera se inquieren con la mirada, que no les queda más remedio que embestir... o emborracharse. Si no, cómo al día siguiente van ellos a justificar una intensidad tan conceptual y desmedida... y sin motivo aparente... ¿Una tara ancestral...?" Luego, según recapacito en sus evocadoras palabras, no sé cuántas veces he podido preguntarme: ¿Por qué entonces hay algunos que se sirven de sus mujeres para alternar en bares...; si además las ignoran... y casi ni las miran? Yo, que he visto siempre los toros desde el tendío, te voy a ser franca... Clara, ¿sabes qué pienso realmente?: que ellas sirven como la angostura en los cócteles, la algalia en los perfumes... o la hierba buena en los combinaos cubanos; su presencia, de algún modo, les templa a ellos, modera sus impulsos desaforados; y, como esas cabras a las que se refería La Rovi, mientras andan sujetos, se pueden permitir jugar, encararse, envalentonarse, sopesar fuerzas...; quizás confían en que nunca cederán ellas toda la brida...; ni que jamás, por mucho que tontamente se encabriten ellos, se atoren..., van las otras a consentir que sus hombres se despedacen vivos...: ¡con lo que les constó conseguir la breva! Ahora me vuelvo a preguntar: "¿De no tratarse también de una tara ancestral, como sospechaba La Rovi en los hombres, por qué van si no a mostrar ellas, mientras sostienen las cuerdas, esa actitud, en le pose, tan enervante y ridícula...? Una tía tremenda La Rovi... Y tenía unos ojos verdes espabiladísimos...
__¡Jefa...; qué fina...! ¡Cómo se nota que has viajado...! ¡Y el lustre que dan las buenas compañías! Bueno. Pues, algo así de espeluznante debió ocurrir aquí esta madrugada. Al parecer llevaban desde no sé sabe cuánto enredados en tomarle declaración a un drogadicto que había apuñalado a una prostituta... Y como la cosa se estiraba, se estiraba... Hasta que al final, rayando el día: ¡Cataplás! ...Amelia, ¿no escuchas cómo doblan las campanas?
__¿Qué me dices? Bueno, bueno, bueno, bueno... ¡Por Dios! Ni me refieras eso siquiera. ¡Mira! Sólo de imaginármelo... y se me puebla la carne de espolones... Comienza a despertárseme una crepitación, aquí bajo el escapulario...
__¡Coño; qué sentías sois las prostitutas!
Amelia se muestra derrotada, triste... con esa sonrisa que a veces componemos para ocultar un pronto; cautelosa mira hacia el abismo que se intuye tras el reverbero de la vidriera; pero según se va ensimismando, encerrándose entre las cuatro telas de su alma experimentada, advierte también un claror extraño..., avainillado..., de arena... y cómo un clamor voluptuoso irrumpe en su pecho... " Eso parece... __conviene con su amiga, que también sueña arrobándose por el fulgor__ tremolina..., como aire terral..., un tornado de arena candente que se precipitara hacia nosotras..."
__"Te ampara toda la razón __consiente Clara, pero en tono de réplica__, ...Y no sería ponderar si añado que tarde o temprano nos invadirá la furia del desierto... ¡Cómo lo oyes!"

__¡Castigo de Dios...; y qué bien merecido lo tenemos...!